🎃 La casa de las sombras dulces

La invitación había llegado con un sobresalto: un pergamino dorado que cayó sobre la cabeza de Lucía cuando abría la puerta. “Halloween. Medianoche. La Casa de las Sombras Dulces.” El mensaje parecía más un desafío que una cortesía. Avanzó entre calabazas que parpadeaban como si le guiñaran un ojo y hojas secas que se pegaban a sus zapatos, haciendo que cada paso sonara como un trombón desafinado. La neblina jugueteaba entre sus pies, levantando un aroma eléctrico y, según ella, un leve perfume a chocolate caliente… o quizá estaba soñando. A medida que se acercaba, su excitación iba in crescendo.

Al cruzar el umbral, el aire la recibió con un abrazo cálido, cargado de incienso y misterio, aunque también olía un poco a… ¿pastel quemado? La mansión parecía viva, con los muebles moviéndose casi con actitud de comedia física. Entonces lo vio: un hombre alto, elegante, semidesnudo con un taparrabos y máscara brillante, parado sobre una alfombra que chirriaba como si protestara. —Bienvenida —dijo, con voz profunda y un toque teatral—. ¿Qué prefieres: truco o trato?. Hoy la casa juega, y tú eres la protagonista.

La condujo a un salón donde las sombras no solo danzaban, sino que parecían tropezar entre ellas. Sobre una mesa de roble, una caja de ébano brillaba con objetos de formas imposibles, algunos demasiado grandes, otros con luces que parpadeaban como si tuvieran sentido del humor. ¡Eran artículos eróticos de todo tipo!. 🎃

—Cada uno tiene su propia voz y utiidad —murmuró él, acercándose lo suficiente para que el perfume de su aliento le hiciera cosquillas en el cuello—. Escucha… siente… y cuidado, podrían morder.

La música comenzó a sonar, grave y envolvente, aunque un clarinetazo falso hizo que Lucía se riera por lo bajo. Las sombras giraban como si estuvieran bailando salsa, y los objetos en la caja reaccionaban exageradamente a cada roce, lanzando destellos como fuegos artificiales diminutos. El hombre la tomó de la mano, y aunque el momento era sensual, Lucía no pudo evitar pensar que la casa estaba haciendo todo lo posible para convertir la seducción en una especie de comedia sobrenatural.

El reloj marcó la medianoche y, justo cuando él se inclinó para besarla, un espejo dejó escapar un fogonazo de luz y un crujido que parecía un aplauso burlón. Ambos rieron entre el abrazo, mientras la mansión vibraba a su alrededor, claramente disfrutando del espectáculo: la tensión sexual entre ellos fue creciendo y acabaron desnudos revolcándose por el suelo sobre una alfombra.

🎃 Cada sombra, cada destello y cada objeto brillaba con exagerada intensidad, haciendo que el ritual de seducción pareciera un juego encantado de luces y risas.

Cuando la luna atravesó las ventanas y la neblina empezó a disiparse, Lucía y él salieron de la mansión con las mejillas sonrojadas, los ojos brillando de emoción y el culo al aire ¡¡habían olvidado vestirse!!.

La Casa de las Sombras Dulces había cumplido su propósito: despertar deseo, provocar risa y dejar un recuerdo tan encantadoramente extraño que no habría forma de olvidarlo. Y mientras se alejaban, una calabaza parpadeante parecía guiñarles un último ojo pícaro y haciendo gestos de tocar una zambomba se despidió de los cómplices de aquella noche mágica.

 

 

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